“LOS AMOS DEL VALLE”

Una peculiar versión del largo primer momento del origen del país.

«La colonización española de Venezuela se va haciendo por etapas. Los primeros en llegar son aventureros sin nombre, ni fortuna, que se reproducen con las indias del lugar. Después llegan los segundones de la península, sin un centavo, pero con apellidos distinguidos. A través de sus hijas, los primeros colonizadores entroncan con estos aristócratas. Así nacieron ‘Los Amos del Valle’. Una oligarquía despiadada y cruel, de dudosos ancestros, con fortunas logradas mediante el tráfico del cacao». Herrera Luque (1.979)

Una peculiar versión del largo primer momento del origen del país. En el universo de esta novela y sus esenciales protagonistas viven y actúan, de un lado, los aristócratas mantuanos, las veinte familias descendientes de los primeros pobladores de la región, los «Viajeros de Indias» que llegaron a Venezuela a comienzos del siglo XVI; del otro, el resto de la población venezolana: blancos recién llegados o «blancos de orilla», pardos, mulatos, indios, negros esclavos.

En un análisis psicosocial de esto, que pone en evidencia cómo el actual proceso dinámico de la Venezuela participativa ya hoy en día el riesgo de terminar la posibilidad que este fenómeno heredado por la burguesía criolla colonial y presente hoy, ya no por linaje, sino por las grandes fortunas bien o mal habidas, han dado a la patria un acentuado y perceptible sentido clasista basado en formas despiadadas de entender el Gobierno local o regional.

La economía cacaotera y la lucha de clases entre mantuanos, pardos, negros, indios, zambos y mestizos, destacan hoy, por la economía petrolera, los obreros, los hediondos, la chusma o descamisados; que fuera de todo privilegio, se le cercena hasta la posibilidad de pensar que es, lo mejor para ellos mismos. Lamentablemente, en la mente de muchos gobernantes, sus entornos familiares y de amigos sociales, se observa más este fenómeno; en los municipios foráneos, poco descubiertos y desarrollados, éstos «Amos», han llegado al colmo de ver a los ciudadanos, con una visión, de quienes son gente y quienes no lo son, quien tiene derecho a debatir o reclamar y hasta donde pueden llegar en su éxito, personal y económico.

No somos un agregados de individuos o una sumatoria de individualidades. Somos un pueblo organizado, formados en universidades, críticos y muy sensibles al manejo de la dignidad humana; estos manejos; además, de parecer colonialistas, nos parecen formas perversas de interpretar la «suerte» de algunas familias que han logrado atesorar fortunas, creyendo que esta situación les confieren el derecho a otorgar juicios de valor a los semejantes.

Los capitales, los clubes de amigos, el apellido de abolengo y las grandes tierras, ganaderas o no, son parte de formas que facilitan a cualquier régimen asentarse en la conciencia social. Carga social que estos heredan de forma concupiscente, manifiestas en las prácticas de usar la dignidad de los demás a favor de puntuales favores, para luego ofrecer las migajas que les sobran, a quienes los rodean.

Visiones encontradas y nuevas generaciones, entre clasistas y renovadas formas de gobernar, el caso de la social democracia, facilitó el crecimiento social del país, otorgándole a éste la capacidad de reaccionar y accionar con dignidad la justicia, la ecuanimidad y el valor necesario para enfrentar estos vestigios de soberbia social existentes en estos grupos, que ante la actual debacle de privilegios se identifican por el manejo de dineros para lograr sus fines.

Finalmente, la heterogeneidad general es indispensable para el funcionamiento social, los derechos a la vida, al respeto a ideas y la iniciativa personal, logran florecer la cultura de la armonía social. El antagonismo facultad natural de la soberbia que envenena la coexistencia y el odio de clases incrementa la necesaria. Esto nos conlleva a la oportuna intervención ciudadana.

Reconocimiento al profesor, José Del Grooso, de la Universidad de los Andes.


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